No pude creer lo que me decía. Quedé en shock por unos segundos. Hasta que todo el rompecabezas encajó en mi mente. Claro, tanta amabilidad, tanta confianza entre ellos. Tanta mentira. Tanto cinismo, tanto descaro.
– Hija dime algo – dijo ella.
– Cómo puedes ser capaz… – dije y luego sentí como se nublaba mi vista, y mis lágrimas comenzaban a salir de mis ojos. No las pude retener, me era imposible. Me paré de inmediato. – ¡Cómo haces esto mama!, ¡Por Dios, estás loca! – le dije mientras apretaba mi mano contra mi pecho, fue como si me hubieran dado un puñal. Me dolía más que nada por mi padre. ¿Cómo podía hacer esto? Era tan pronto, o quizás… Oh, no, quizás estaba con el tipo incluso antes de que papá muriera.
– Hace cuánto estás con ése hombre – le exigí, ante mi nueva idea.
– Eso no importa hija, sólo entiéndeme, yo estoy de verdad… – excusas y más excusas.
– Dímelo ahora… hace cuánto – Dije bajando un poco la voz. Seguro sería algo tarde, en la otra habitación deben haber escuchado mis gritos ya.
– Desde hace dos meses hija – su voz se le quebró. Comenzó a llorar también. ¿Pero de qué servia ahora? Absolutamente de nada. – Lo s-s-ien-to. – dijo entre balbuceos.
– No lo sientes, eres una hipócrita, ¿sabes?. Siempre fuiste la peor mamá, pero esto… hacerle esto a papá, de verdad que pasaste el límite, yo, yo te aguanto lo que quieras conmigo, pero que hayas sido infiel a papá, te juro que no lo perdono. Nunca. – le dije y luego salí de la cocina.
– ¡Nath!, espera… – dijo ella, pero no le hice caso. No más. Se acabo la farsa.
Entré a la sala donde se encontraban los demás, Jack hablando con Maxi, jugando, y el asqueroso tipo sentado cómodamente en el sofá. Jackson levantó la vista de inmediato cuando me vio entrar, se le descompuso de la cara, se levantó y junto con Maxi llegaron enseguida a mi lado.
– Nath, ¿qué pasa? – dijo, lo tomé de la mano. Él me miró aún más extrañado.
– Nos vamos – le dije yo. Y así nos dirigimos hacia la salida. Vi al tipo ir donde mi madre, que seguía lloriqueando en la cocina, inútilmente.
Jackson no preguntó nada más en el camino, sólo manejaba y me miraba de reojo de vez en cuando. Pero Maxi, era un niño curioso, claro.
– ¿Nath porque lloras? – preguntó el.
– Por nada, son… estupideces mías. – le dije yo secándome mis lágrimas. Por esto odiaba llorar, porque se me notaba mucho luego, me quedaba toda la parte alrededor del ojo, roja. Y me costaba mucho detener las lágrimas.
– Mamá te dijo algo – concluyó el, y se cruzó de brazos en el asiento trasero.
Demoramos un buen rato en llegar a la casa del amigo de Maxi, la misma de los chicos misteriosos. Maxi le dio un papel a Jackson, que parecía un mapa. Éste se detuvo en algunas partes a preguntar un par de veces por las calles. Pero no fue tanto problema. Al fin, llegamos. Y mis lágrimas ya habían cesado. Gracias a Dios.
Nos bajamos los tres del auto, y caminamos hacia la casa. Jack tomó en brazos a Maxi para que tocara el timbre, ya que él quería hacerlo.
– ¿Si? – respondieron vía citófono. Era una voz cálida de mujer.
– Hola Señora Jonas, soy Maxi – dijo mi pequeño hermanito.
– ¡Oh!, Maxi, claro. Te abro enseguida, ¿ok? – dijo la mujer.
– Ok – dijo mi Maxi.
Esperamos unos segundos y una señora salió de la casa y desde adentro se notó como abría la reja con un botón.
– ¡Vaya! Qué sorpresa, vienes bien acompañado Maxi – dijo ella mientras caminaba hacia nosotros.
– Sí, ¿se acuerda de Nath? – pregunto mi hermano.
– Claro, tu hermana mayor, cómo olvidarla, además tu padre me hablaba maravillas de ella. – rió dulcemente y me abrazó en cuanto estuvimos en frente de ella. – Qué gusto verte de nuevo. –
– Igualmente – dije sonriendo lo más que pude.
– Y él es su novio, Jack – dijo Maxi, mirando a Jack, quien desordenaba el pelo del pequeño.
– Oh si, tú estabas el día del funeral, ¿no? – dijo con tono cuidadoso mirando mi cara, esperando mi reacción. Que fue… bastante, calmada, por decirlo así.
– Si, mucho gusto Sra. – dijo cortésmente, como siempre, mi novio, mientras le besaba la mejilla.
– Pasen, pasen. – dijo la señora, y así lo hicimos, la seguimos a la gran casa. Cuando entramos, me sorprendí algo, digo no era una mansión pero era muy hermosa. No me esperaba menos de unos chicos famosos, supongo. Ya estaba algo acostumbrada a cosas así, estando con Jackson.
– ¡Frankie!, baja ya, llegó Maxi – dijo la señora Jonas gritando escaleras arriba –Y dile a tus hermanos que bajen también – Genial. Por fin conocería a los chicos misteriosos que tanto quería saber sobre ellos, por Soph, claro.
– Y… ¿a que se debe tu visita Nath? – preguntó de pronto curiosa la señora.
– Eh, nada en especial, creo que quería conocerlos un poco, la verdad poco sabía de ustedes antes de verlos en… el funeral. Y quería darle las gracias. Sé que apreciaban mucho a mi padre.
– Aw, de nada querida, y si, claro… Robert era uno de nuestros mejores amigos. – dijo ella sonriendo – así que puedes venir aquí con Maxi, o con tu novio, o cómo quieras, siempre.
– Muchas gracias… eh, ¿Señora Jonas? – le dije con una mueca, no sabía su nombre en realidad.
– Dime Denisse – dijo ella.
– Ok, gracias Denisse –
– De nada, si somos como de la misma familia – rió y yo sonreí de vuelta, me fijé que Jackson también sonreía mientras yo tomé su mano para que se acercara a mí. Lo hizo y nos quedamos tomados de la mano.
– Hay, estos chicos tardan mucho… – dijo Denisse. – Si quieren ustedes chicos pueden esperar en el patio, ¿o les molestaría? – dijo dirigiéndose a Jackson y a mi.
– No, está bien. Claro – dijo Jackson adelantándoseme.
– Y Tú Maxi, si quieres vas a la pieza de Frankie, sabes bien dónde es. –
– Claro. – dijo él y luego subió las escaleras junto con Denisse. Yo y Jackson salimos al patio como nos indico la señora Jonas. Yo me senté de inmediato en una de las sillas que había allí. Jackson se sentó a mi lado, sentí su mirada sobre mi todo el tiempo, pero yo apoyé los codos en mis rodillas y tapé mi cara con mis manos tratando de calmarme.
– Nath, amor… ¿qué pasó en casa de tu madre? – me dijo luego. Sabía que debía contarle. Y la verdad no me molestaba hacerlo. Aunque claro, me daría pena.
Pero él estaría ahí para consolarme. Él siempre estaba ahí. Eso me reconfortaba tanto.
Levanté la mirada hacia él. Pasó su mano por mi mejilla. Yo me acerqué a él y lo abrasé. Ahí, junto a su pecho me sentía mejor. Así que le conté todo.
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